Por Manuel Navarro –

No es una novedad que les trabajadores argentines están atravesando una severa crisis, que devastó sus ingresos y que, además, acabó con cientos de miles de puestos laborales. Los gremios, en su gran mayoría, entendieron que el modelo impulsado por el presidente Mauricio Macri tuvo como uno de sus principales objetivos abaratar la mano de obra y flexibilizar las relaciones entre empleado/a y empleador/a. Por ese motivo, se posicionaron masivamente en la vereda de enfrente, respaldando la fórmula de Alberto y Cristina Fernández. Sin embargo, la lucha de los representantes de les trabajadores no finalizará el 27 de octubre, ni tampoco el 10 de diciembre.

Los tiempos que se avecinan no son fáciles para les obreres. Los condicionamientos que el FMI impone a la Argentina deberán ser sorteados de la mejor manera, pero siempre con el compromiso de que no sean les trabajadores los que paguen con sus pellejos el sacrificio.

Por estas últimas horas son muchas las hipótesis sobre qué modelo económico se implantará en el país, como si una receta externa fuera a funcionar en estas tierras. El modelo portugués, el modelo uruguayo, o cualquier otra alternativa, son palabras vacías que solo intentan simplificar un problema que tiene particularidades que no existieron en ninguno de esos países. En esos lugares, es cierto que se salió de crisis importantes, pero el costo inicial de rebajas de salarios y despidos masivos no es algo a lo que puedan estar dispuestos los gremios argentinos. Primero porque nunca se podría justificar un plan que implicara tales medidas, pero además porque es algo que ya se viene padeciendo hace 46 meses.

Por eso, el desafío que se viene para los gremios será el de comprometerse con un modelo de país que implique crecimiento, producción y generación de empleo, pero resguardando siempre los derechos adquiridos y luchando por conquistar nuevos. Un pacto social será necesario  y cada sector deberá poner lo suyo. Pero esto no implica claudicar en derechos esenciales. Es por eso que, esté quien esté en el poder, una reforma laboral que implique flexibilización y baja de salarios, no podrá ser admitida por ningún dirigente sindical. También será necesario insistir con las paritarias libres y sin techo, para comenzar a recuperar el poder de compra a partir del 2020.

No es momentos para tibios. Es necesario jugárselas para catapultar del poder a uno de los gobiernos que más daño ha causado a les trabajadores y a la sociedad en su conjunto. Pero con eso no alcanzará, ya que fue mucho lo destruido y lo que perdieron les argentines en los últimos años, por lo que la tarea de los gremios de base y de las centrales obreras será fundamental para la reconstrucción nacional a partir del 2020.