Por Manuel Navarro –

Los últimos cuatro años fueron muy duros para les trabajadores argentines y no todos los gremios estuvieron a la altura para defender los intereses de sus representades. En algunos casos por presiones y miedos a los carpetazos, en otros por simple complicidad con un Gobierno que tuvo como uno de sus objetivos centrales bajar el costo laboral y eliminar los derechos conquistados por la clase obrera. También hubo de los otros, sobre todo en las bases, que salieron a las calles desde el primer minuto para impedir el avasallamiento que ya se veía venir.

La realidad fue cambiando, sobre todo en el último año, cuando el poder del presidente Mauricio Macri se fue deteriorando y su éxito electoral comenzó a parecer una entelequia. Muches comenzaron a soltarle la mano y a cruzar hacia la vereda de enfrente, en una nueva temporada de salto con garrocha.

Hoy estamos a las puertas de una elección presidencial que, si bien no está resuelta formalmente, puede ser una bisagra desde muchos puntos de vista para el país. Tras cuatro años de un plan neoliberal, desde el punto de vista económico, la Argentina será tierra arrasada. El futuro presidente se encontrará con la necesidad de una reconstrucción engorrosa y compleja del país y será fundamental que cada sector aporte lo suyo.

Así como en los últimos cuatro años el rol del sindicalismo tuvo que ser el de la resistencia y la defensa de sus representades, algo que como vimos no ocurrió en todos los casos, de aquí en adelante se abre un nuevo desafío, también de difícil ejecución. Es que la mira deberá estar puesta en dos objetivos que muchas veces pueden llegar a ser contradictorios, y en esa línea delgada se deberá manejar la dirigencia.

Los gremios deben ser parte de la solución, con voluntad y buena predisposición, para que la maquinaria de la producción, del trabajo y, por ende, de la Nación vuelva  a funcionar. Esto puede significar algún sacrificio; pero el sacrificio ya se viene descargando en el lomo de les trabajadores hace varios años. Es por eso no ninguna prebenda puede ser concedida en ese sentido, sino todo lo contrario. Debe llegar la hora de las reivindicaciones, las recomposiciones y la reconquista de derechos perdidos. En ese tire y afloje, el resultado deberá ser siempre positivo para la clase obrera. Ese debe ser el fin último del sindicalismo, al igual que lo tiene que ser para cualquier Gobierno, más cuando levante las banderas de la soberanía política, la independencia económica y la justicia social, estandartes innegociables del peronismo.